Inculcar la cultura del videojuego en la educación de nuestros hijos les ayudará en su desarrollo e inteligencia

Ya he comentado en anteriores entradas que fue en mi más tierna infancia cuando descubrí de la mano de mi hermano mayor y mi padre el mundo de los videojuegos: un <<MSX>> y una <<CONIC SPORTS>> tuvieron la culpa de que hoy, 37 años después, mi gran pasión sea el mundo de los videojuegos.

Al echar la vista atrás, veo que con los años fui descubriendo por mi cuenta el maravillosos mundo que se abría ante mí y ciertamente, nunca tuve nadie a mi lado controlando lo que jugaba y lo que no. Esta situación a día de hoy es completamente impensable, ya que lo que antaño eran píxeles y televisiones de tubo, hoy son recreaciones 3D hiperrealistas en nuestros teléfonos móviles, lo que da acceso a una gran cantidad de información de manera inmediata y que puede no ser para todos los públicos. Si a esto sumamos la sociedad extremadamente proteccionista hacia nuestros pequeños que estamos generando, sólo hace que la educación en nuevas tecnologías y ocio sea una obligación para todos los padres.

Videojuegos: Una afición más

La semana pasada tuve una larga conversación con otros padres del colegio de mis hijos sobre cómo limitar las nuevas tecnologías hacia los niños (y no tan niños), de manera que no generen adicciones y no les distraigan de lo más importante: crecer y desarrollarse de manera sana. No paraba de escuchar que hay que limitar las horas de televisión, móvil o tablet, que tenemos que establecer controles parentales en todos los dispositivos con acceso a internet y que sólo deben ver programas educativos… Sí, todo eso está muy bien, ya lo sabemos, pero se estaba perdiendo el eje fundamental de la educación de nuestros hijos: la compañía. A mi me gusta ver la televisión o youtube con mis hijos y explicarles las dudas y comentarios que les suscitan ver que Calamardo llama idiota a Bob Esponja, o que si La Patrulla Canina salva a otro cachorro de morir ahogado, le está salvando la vida, ya que ese perrito podría haber muerto y ya no estaría más, como pasó en mi familia con nuestro querido perro Bryant, que faltó hace dos años y a mis hijos les costó bastante de entender.

Siguiendo con la conversación de algunos padres, no pude contener la risa al llegar al momento de los videojuegos: “Ah, no no. Mi hijo tiene prohibido jugar, que eso crea adicción y luego no estudia” – espetaba una madre mientras otras dos asentían y añadían: “Cierto, el Fortnite ese es peor que la heroína. Lo he leído en el periódico”. En este momento las miradas se dirigían hacia mí, esperando algún comentario que apoyara sus argumentos, pero nada más lejos de la realidad. Expliqué que mis hijos juegan habitualmente a videojuegos conmigo, y les ha reportado grandes beneficios en su desarrollo motriz y cognitivo. Se quedaron de piedra. Les pedí que permitieran explicarme.

Desarrollarse jugando

Los niños son esponjas a los 5 y 6 años: son depredadores del saber y cada vez tienen más hambre de conocer y entender todo cuanto les rodea. Mis hijos ven a su padre jugar con total normalidad en casa, y quieren imitarme. Yo busco juegos que les presenten puzzles con los que poner en marcha sus pequeños cerebros y, también que les generen situaciones que requieran habilidad con los dedos para mover al personaje de turno con agilidad, como son por ejemplo los juegos de LEGO, muy recomendables. Mis dos hijos han aprendido desde cosas sencillas y útiles para el día a día como que el agua es buen conductor de la electricidad o resolver puzzles sencillos cooperando entre ellos, hasta educación ética tal como la necesidad de ayudar al que lo necesite o de sacrificar cosas que te gustan para obtener un bien mayor a largo plazo.

Cuando explicaba esto, algunos padres no daban crédito: “¿De verdad tus hijos juegan en una PlayStation?”… Rotundamente, SÍ. Gracias a ello, uno de mis hijos, que es zurdo y tiene problemas de motricidad fina tales como coger el lápiz con fuerza para escribir, ha mejorado notablemente los últimos meses gracias a jugar 20 minutos todos los días con un mando de XBOX y mover todos los dedos de manera regular. Otro aspecto muy relevante es que aprenden mucho vocabulario y resuelven situaciones de manera conjunta: por ejemplo, para abrir una puerta en un determinado juego de superhéroes, saben que IRONMAN puede arreglarla descifrando un sencillo acertijo numérico y que THOR puede lanzar un rayo que dará electricidad al circuito. ¡Brillante!.

Otro ejemplo muy didáctico de lo beneficioso que puede ser jugar para nuestros hijos lo presentan los videojuegos “retro”. Yo dispongo de una humilde colección de videoconsolas antiguas y bastantes juegos, lo que pone a disposición de mis pequeños jugar a los mismos juegos que disfrutaba su padre. Pero lo que más valoro es la dificultad de los juegos antiguos: el hecho de ver perder una y otra vez a mis hijos contra el bicho de turno (Ej: Tortugas Ninja de SuperNintendo) o no poder superar una fase porque nos falta algún objeto (Ej: Alex Kidd en Master System) crea pequeños fracasos a los niños que, mediante la repetición, aprendizaje de patrones y mejora de movimientos, suponen luego grandes logros cuando se superan. Ayuda a gestionar el fracaso y a valorar el éxito tras el esfuerzo.

Nuestra labor como padres

¿Todo esto que hemos comentado quiere decir que los videojuegos son una maravilla didáctica? Pues tampoco, pero tienen cosas muy positivas que hay que resaltar y muchos estigmas de la sociedad que erradicar. Por ejemplo, prefiero que mis hijos jueguen a videojuegos que les presenten retos, siempre acompañados por mi, a que se pasen una hora sentados delante del televisor viendo dibujos. Los niños deben seguir saliendo a jugar a la calle, a experimentar su entorno y a disfrutar de sus amigos, pero sería muy egoísta por nuestra parte no ofrecerles la posibilidad de disfrutar de algo tan maravilloso como los videojuegos, donde podemos vivir experiencias únicas y aventuras fantásticas, aunque todo a su debido tiempo y edad. A los más pequeños transmitamos unos buenos valores y eduquemos con responsabilidad: jugar en su justa medida puede ser muy beneficioso.

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